Las elecciones presidenciales que se aproximan no serán una simple competencia entre candidatos. Lo que está en juego es mucho más profundo: el modelo de país que Colombia quiere construir para las próximas décadas y la forma de gobierno que la regirá. Y en ese escenario, la figura de Iván Cepeda Castro representa una discusión ideológica de fondo sobre la libertad, la democracia, el republicanismo y el papel del Estado.
Primero que todo dejar en claro que Iván Cepeda no surge políticamente de manera accidental. Su formación política e intelectual está profundamente ligada a la izquierda colombiana y a las corrientes socialistas que marcaron buena parte de América Latina durante el siglo XX. Es hijo de Manuel Cepeda Vargas, dirigente histórico del Partido Comunista Colombiano, y desde muy joven militó en la Juventud Comunista. Además, vivió parte de su juventud en países del bloque socialista europeo y su formación en filosofía la realizo en Bulgaria durante la época soviética.
En algún momento el propio Iván Cepeda reconoció públicamente su origen ideológico. En una entrevista afirmó: “Nací en política en el Partido Comunista”. Hoy el intenta presentarse como representante de una izquierda democrática, moderna y más moderada, para muchos sus ideas continúan inspiradas en una visión estatista y profundamente ideologizada del poder.
Su trayectoria política también ha estado marcada por una permanente cercanía con los procesos y narrativas alrededor de las guerrillas colombianas, especialmente las FARC. Iván Cepeda fue uno de los principales defensores del proceso de paz de La Habana y ha sostenido durante años posiciones que sus críticos consideran excesivamente complacientes con la antigua guerrilla, muchos definiendo que ha sido el representante políticamente de las guerrillas y grupos revolucionarios en los últimos tiempos.
Para sus seguidores, el representa una apuesta por la reconciliación nacional. Para sus detractores, en cambio, simboliza una peligrosa normalización política de grupos armados responsables de secuestros, asesinatos, abortos, reclutamiento de menores, narcotráfico, entre otros. Esa percepción lo ha acompañado durante toda su carrera pública y explica buena parte de la resistencia que genera en amplios sectores de la sociedad colombiana.
El debate alrededor de su figura no es menor. Muchos colombianos consideran que detrás del discurso de derechos humanos y justicia social existe un proyecto político que busca transformar radicalmente las bases económicas e institucionales del país. Un modelo donde el Estado adquiere cada vez más control sobre la economía, la familia, donde la iniciativa privada pierde espacio y donde la política termina subordinada a una visión ideológica de “amigos” y “enemigos”.
La preocupación no nace únicamente de la teoría. Y es que América Latina ha visto cómo proyectos políticos inspirados en discursos similares al de Iván Cepeda terminaron debilitando las libertades individuales y concentrando poder en el Ejecutivo.
Venezuela, Nicaragua y Cuba son recordatorios de cómo las ideas revolucionarias y el estatismo como forma de gobierno, aquella que ellos promueven pueden derivar en crisis económicas, persecución política y deterioro institucional.
Por eso, la elección de Iván Cepeda trasciende a la persona. Sus simpatizantes ven en él la continuidad de una agenda de transformación social iniciada por la izquierda colombiana. Sus críticos observamos el riesgo de profundizar un modelo que, poco a poco, erosione los principios de la república liberal: la separación de poderes, la libertad económica, la defensa de la institucionalidad, y los límites claros al poder del Estado.
Colombia enfrenta entonces una decisión histórica. No se trata simplemente de elegir entre derecha e izquierda, ni entre simpatías personales o discursos emocionales. Se trata de decidir si el país continuará defendiendo una democracia basada en la libertad individual, la propiedad privada y la institucionalidad republicana, o si avanzará hacia un proyecto político donde el Estado y la ideología tengan cada vez mayor control sobre la vida de los ciudadanos, eso representa Iván Cepeda Castro.
Al final, las naciones no cambian únicamente por las armas o las revoluciones. También cambian en las urnas, cuando los ciudadanos deciden qué ideas quieren convertir en poder.
Porque las naciones no pierden su libertad de un día para otro. La pierden cuando, poco a poco, entregan el poder a proyectos políticos que prometen justicia absoluta, mientras debilitan los límites de la república.
Como decía Esperanza Aguirre: “Sueño con una república independiente, libre y democrática; una república económicamente próspera y, al mismo tiempo, socialmente justa”.
Y es que esa es, precisamente, la esencia de la república: una forma de gobierno basada en la igualdad ante la ley, el respeto por las libertades individuales, la defensa de la propiedad privada, la separación de poderes y la existencia de instituciones fuertes al servicio de los ciudadanos, no de una ideología. La república fomenta el patriotismo, la responsabilidad individual y la unidad nacional; no la división permanente entre clases sociales ni la confrontación entre “opresores” y “oprimidos” como herramienta política.
Por eso preocupa el avance de proyectos políticos como el que representa Iván Cepeda Castro, inspirados en una visión estatista e ideologizada del poder que históricamente ha debilitado las libertades, erosionado las instituciones y reemplazado el mérito y la ley, por la polarización y el control político. La historia demuestra que cuando una sociedad abandona los principios republicanos en nombre de promesas de justicia social, termina sacrificando precisamente aquello que le garantizaba libertad, estabilidad y progreso.
¿Qué queremos para el Futuro de la República?
Por: Andrés Suárez


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