5 de junio de 2026

¡SALUD!: más que una palabra

En Colombia, las palabras no solo comunican; nos definen. Tenemos la capacidad de apropiar términos hasta convertirlos en parte del aire que respiramos. Un caso fascinante es la palabra “Salud”, una expresión que en nuestra cotidianidad ha trascendido su definición técnica para convertirse en nuestra muletilla de bienestar más mencionada.

Si alguien estornuda, la respuesta es automática: “¡Salud!”. Si el episodio se prolonga, el deseo se expande en una tríada casi mística: “Salud, dinero y amor”. Cuando celebramos un logro, levantamos las copas y el aire se llena con la misma palabra. Incluso en las celebraciones de cumpleaños, antes de apagar las velas, la salud encabeza la lista de deseos junto a la paz y el éxito.

Esta sencillez cotidiana nos revela algo profundo: en nuestra cultura, desear «salud» es un acto de benevolencia genuina. No es un gesto premeditado para «caer bien»; es un deseo automático de bienestar que lanzamos al otro sin filtros.

Esta concepción de la salud como un estado de plenitud total no es nueva, pero sí vital. Incluso al remitirnos a los textos bíblicos, encontramos en la tercera carta de Juan un deseo que resuena con nuestra costumbre:

“Estimado hermano: le pido a Dios que te vaya bien en todo y que tengas buena salud física, así como la tienes espiritualmente”.

El mensaje es claro y universal: la salud no es solo la ausencia de enfermedad física. Es un punto de inflexión donde el bienestar del cuerpo se encuentra con la paz del espíritu. Es la armonía de que «las cosas vayan bien» en todas las áreas de la vida.

Hoy quiero dejar una invitación a la reflexión para usted, apreciado lector: ¿Goza usted en este momento de bienestar pleno?

A menudo, nos perdemos en el ruido diario y olvidamos evaluar qué factores están influyendo en nuestro equilibrio. A veces, nuestras propias carencias o descuidos nos impiden, incluso, aportar al bienestar de quienes nos rodean.

Sin embargo, cuando logramos habitar ese estado de bienestar —físico, mental y espiritual—, adquirimos una capacidad transformadora. No se trata solo de un beneficio individual; se trata de cómo, estando bien nosotros mismos, podemos aportar con un deseo genuino y acciones concretas a la salud de nuestra patria, Colombia.

La próxima vez que usted diga “¡Salud!”, hágalo consciente del poder de ese deseo. Brindar por la salud del otro es, en última instancia, apostar por una sociedad más sana, más compasiva y más fuerte.

¡Salud por Colombia y por nuestro bienestar integral!

Por: Adriana Palma Gómez